Nuestros intestinos están conectados directamente al cerebro mediante circuito neuronal especial

Los intestinos humanos (Delgado y Grueso) están revestidos por más de 100 millones de células nerviosas y es prácticamente un cerebro en sí mismo.

En otras palabras, nuestro intestino en realidad habla con nuestro cerebro y libera hormonas en el torrente sanguíneo que en instantes nos dicen cuánta hambre tenemos o por ejemplo, que no deberíamos haber comido una pizza entera.

Un nuevo estudio revela que el intestino tiene una conexión mucho más directa con el cerebro a través de un circuito neural que le permite transmitir señales en instantes de segundos. Los hallazgos podrían conducir a nuevos tratamientos para la obesidad, trastornos de la alimentación e incluso la depresión y el autismo, todos los cuales se han relacionado con un mal funcionamiento del intestino.

Este estudio revela “un nuevo conjunto de vías que utilizan las células intestinales para comunicarse rápidamente con el tronco encefálico. Aunque quedan muchas preguntas antes de que se aclaren las implicaciones clínicas, dice: “Esta es una pieza nueva y genial del rompecabezas”.

En 2010 el neurocientífico, Diego Bohórquez de la Universidad de Duke, EEUU, hizo un descubrimiento sorprendente mientras miraba a través de su microscopio electrónico. Las células enteroendocrinas (Endocrinas de los intestinos), que cubren el revestimiento intestinal y producen hormonas que estimulan la digestión y suprimen el hambre, tienen protuberancias similares a las sinapsis que las neuronas utilizan para comunicarse entre sí y que podían enviar mensajes hormonales al sistema nervioso central, pero también se preguntaba si podrían “hablar” al cerebro usando señales eléctricas, como lo hacen las neuronas. Si es así, tendrían que enviar las señales a través del nervio vago, que viaja desde el intestino hasta el tronco cerebral. Por esta razón Él y sus colegas inyectaron un virus fluorescente de la rabia, que se transmite a través de las sinapsis neuronales, en los colones de los ratones y esperaron a que las células enteroendocrinas y sus parejas se iluminaran, lo cual sí ocurrió y resultaron ser neuronas vagales.

En una placa de Petri, las células enteroendocrinas alcanzaron las neuronas vagales y formaron conexiones sinápticas entre sí. Las células incluso brotaron glutamato, un neurotransmisor involucrado en el olfato y el gusto, que las neuronas vagales detectaron en 100 milisegundos, más rápido que un parpadeo. Eso es mucho más rápido que las hormonas pueden viajar desde el intestino al cerebro a través del torrente sanguíneo, afirma el Dr. Bohórquez. La lentitud de las hormonas puede ser responsable de las fallas de muchos supresores del apetito que los atacan y el siguiente paso es estudiar si esta señalización cerebral proporciona al cerebro información importante sobre los nutrientes y el valor calórico de los alimentos que ingerimos.

En otro estudio los investigadores hallaron que la estimulación con láser también aumentaba los niveles de Dopamina que estimulaba el estado de ánimo en el cerebro de los roedores.

El Dr. Ivan Araujo, neurocientífico de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai de Nueva York, director del estudio Cell, afirma “Combinados los dos estudios ayudan a explicar por qué la estimulación del nervio vago con la corriente eléctrica puede tratar la depresión severa. Los resultados también pueden explicar por qué, en un nivel básico, comer nos hace sentir bien, y aunque estas neuronas están fuera del cerebro, se ajustan perfectamente a la definición de neuronas de recompensa que impulsan la motivación y aumentan el placer.

Fuente: https://www.cell.com/cell/fulltext/S0092-8674(18)31110-3?_returnURL=https%3A%2F%2Flinkinghub.elsevier.com%2Fretrieve%2Fpii%2FS0092867418311103%3Fshowall%3Dtrue

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